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El Bloqueo del siglo

COVID-19 no es la mayor crisis de nuestra historia. Ni siquiera es la mayor crisis de salud pública en nuestra historia, en cambio la contaminación con minerales pesados, Dengue, Malaria, Tuberculosis, si. Pero el bloqueo es sin duda la mayor interferencia con la libertad personal en nuestra historia.
Bloqueo
José Leopoldo Muñoz Fernández

José Leopoldo Muñoz Fernández

CEO en Muñoz Fernández & Abogados Asociados s.a.c.
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COVID-19 no es la mayor crisis de nuestra historia. Ni siquiera es la mayor crisis de salud pública en nuestra historia, en cambio la contaminación con minerales pesados, Dengue, Malaria, Tuberculosis, si. Pero el bloqueo es sin duda la mayor interferencia con la libertad personal en nuestra historia.
Ahora no tiene sentido objetar la imposición del bloqueo en primer lugar, porque ha ocurrido. La pregunta es cómo salimos de eso.
En nuestro país las voces disidentes sobre el bloqueo por parte del gobierno, o no existen o simplemente se han censurado, con la excepción de Ricardo Belmont.
Después de dos meses de bloqueo los contagios siguen en aumento al igual que las muertes ¿sirvió el bloqueo del país? Los políticos se van a escudar culpando al “egoísmo” y falta de civismo de la población. No debemos culpar a nadie es una enfermedad solo eso.
Pero debemos preguntarnos:
¿es esto lo suficientemente grave como para justificar poner a la mayoría de nuestra población en prisión domiciliaria, destrozar nuestra economía, destruir negocios que las personas honestas y trabajadoras han tardado años en construir, cargando a las futuras generaciones con deudas, depresión, estrés, ataques cardíacos, suicidios y una angustia increíble infligida a millones de personas que no son especialmente vulnerables y que sufrirán solo síntomas leves o ninguno en absoluto?
La cuestión del dinero. La gente critica los intentos de medir la mortalidad de Covid-19 contra el costo económico de reducirlo. Pero esto es retórica, y retórica hipócrita.
El dinero no es solo para plutócratas. Usted y yo y el editor de El Comercio y el conductor del autobús, el taxista, el arzobispo de Lima y el cajero del supermercado valoran y dependen del dinero.
No solo en el sentido de que paga nuestros salarios o pensiones. Cientos de miles de empresas se están hundiendo. Millones se están moviendo del trabajo al crédito universal.
Haríamos bien en no burlarnos de ello. La pobreza también mata. Y cuando no mata, mutila, mental, física y socialmente.
Nosotros también tenemos que preguntarnos qué tipo de relación queremos con el Estado. ¿Realmente queremos ser el tipo de sociedad donde las libertades básicas están condicionadas a las decisiones de los políticos? ¿Dónde los seres humanos son solo herramientas de política pública?
Una sociedad en la que el Gobierno puede confinar a la mayoría de la población sin controversia, no es aquella en la que las personas civilizadas desearían vivir, independientemente de sus respuestas a estas preguntas. ¿Vale la pena?
Mi propia respuesta es no. La orientación está bien. El aislamiento voluntario está bien y es muy recomendable para los más vulnerables. La mayoría de ellos lo hará por elección. Pero la coerción no está bien. No hay justificación moral o de principios para ello.
No todos estarán de acuerdo, lo cual es justo. Estos son juicios de valor difíciles, sobre los cuales uno no esperaría un acuerdo general.
El punto fundamental es que estas cuestiones deben ser confrontadas y discutidas públicamente por los políticos sin el tipo de evasión emotiva, lemas propagandísticos y exageraciones generalizadas que han caracterizado su contribución hasta ahora.

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